domingo, 6 de octubre de 2013

LOS EXPEDIENTES A MEDIO ACABAR. El ejemplo de Sísifo


            Pasaba Sísifo por ser el más astuto de los mortales y, como sucede en quienes tienen tendencia a las técnicas trapaceras, también por carecer de escrúpulos en sus actuaciones. Y es que la trucología en la empresa bien lejos se encuentra de ese hábito operativo de la prudencia que tan necesario es en la acción directiva.

             El conocimiento de ciertos principios –técnicos, tecnológicos, de habilidades directivas, etc.- es el punto de partida de una actitud calificable de prudente. Junto a esa cognición debe estar presente la de los hechos concretos sobre los que habrá que decidir. Aristóteles clamaba que la prudencia no trata sólo de lo universal, sino que ha de conocer también lo singular. Rezaba un lema mil veces repetido en los albores del siglo XX: Teoría sin práctica, utopía; práctica sin teoría, rutina. Quien use recetas genéricas en situaciones puntuales sobre las que no está en autos, corre el grave riesgo de aplicar emplastos acronotopológicos: es decir, fuera del tiempo y lugar oportunos. 

            El prudente tiene algo de explorador: a diferencia de los melindrosos y apocados, busca explotar nuevas oportunidades: más que actuar adecuadamente, pretende hacer las cosas adecuadas.

            Después de la fase de comprensión intelectual, en la que no faltará nunca la solicitud de consejo a los más duchos, se suceden otras: la deliberación y el juicio (la decisión). Tras ellas, aparece una etapa que afecta de manera más directa a la voluntad: el imperio. La prudencia abarca dos ámbitos: secundum quod est cognosctiva y secundum quod est praeceptiva. Aunque la primera sea más relevante, pues esta competencia hace referencia a conocer el futuro a través del presente y/o del pasado -y se lleva a cabo en buena medida por deducción-, no sería completa si se limitase a una mera contemplación inactiva.

            En la deliberación merecerá la pena detenerse, saboreándola. Cuántas veces entran ganas de repetir a directivos apasionados e insuficientemente reflexivos:

            -¡Lo urgente, ahora, es esperar!

            Luego, la acción deliberada será ejecutada sin dilaciones.

            La White Water Revolution mucho tiene que ver con esto, porque la solertia –visión sagaz y objetiva frente a lo inesperado- es parte de la perfecta capacidad de decisión que caracteriza a un buen gobernante. El prudente es especialmente importante en períodos de incertidumbre, porque ese hábito operativo facilita ver lejos, columbrando soluciones en medio de ese sucederse imparable de incertidumbres tan propio de cualquier navegación en el proceloso mar de las relaciones mercantiles.

            No faltará, acabamos de decirlo, la petición de asesoramiento para mejor acertar. Con estratagemas se hace la guerra, y la victoria está en la muchedumbre de los consejos, se escribió hace más de dos milenios. La dirección empresarial versa sobre lo que puede ser de otra manera: lo inamovible no es objeto de deliberación sino más bien de sumisión. Y las personas implicadas basarán su autoridad no tanto en la jerarquía formal como en el conocimiento y en la competencia sobre la materia específica.

            Hijo de Eolo, pertenecía Sísifo a la estirpe de Deucalión. Fue fundador de Corinto, pero en su antigua denominación de Éfira. También es calificado como sucesor de Medea, de quien heredó cuando ésta abandonó precipitadamente la ciudad. Esa huida, magistralmente narrada por Eurípides, comenzó con la pretensión del rey Creonte de casar a su hija con el héroe Jasón, que ya estaba unido a Medea. Ésta consiguió demorar su destierro por un día, período en el que fraguó su cruel venganza. Envió a su feliz rival, como regalo para el esposorio, un vestido y unas joyas, todo impregnado de un misterioso veneno. Al ponerse aquello falleció la desdichada y también su padre, al acudir en su ayuda.

            Para acabar su faena, Medea asesinaba a sus propios hijos en el templo de Hera, para luego escapar en un carro tirado por caballos alados, que le había regalado su abuelo el Sol.

            Sísifo es protagonista de varios sucesos, todos ellos profundamente instructivos. Como hombre astuto había escriturado sus bienes (en este caso, había grabado su nombre en la pezuña de todos los animales que poseía). Cuando Autólico le hurtó sus propiedades, nuestro protagonista fue a buscarlos y esgrimió documentos para recuperarlos. Pero no contento con eso -y habida cuenta de que la castidad no es virtud de moda en el mundo de las transacciones mercantiles-, Sísifo sedujo a Anticlea, hija de Autólico, precisamente en la vípsera de la boda de ésta con Laertes. De aquella adultera unión nacería Ulises. Según algunos autores, el padre de la ex-virgen, se la había entregado de buena gana pues aspiraba contar con un sucesor tan precavido y agudo como aquél. (Como si inteligencia o belleza o rectitud o habilidad se consiguieran únicamente por vía genética: ¿dónde se deja la formación y el esfuerzo y la obtención de hábitos operativos...?).

            Tiempo más tarde, Zeus raptó a Egina, hija de Asopo (nueva demostración de lo escasamente vivida que es la continencia por quienes se consideran por encima del bien y del mal por haber tenido éxito en los negocios: eso, como todos los demás abusos, se acaba pagando con el tiempo, porque puede comprarse el placer sexual, pero la afectividad, el cariño, la comprensión, se merecen. Amores por dinero, son meras transacciones de fluidos carnales, pero olvidan que en el coito, para ser verdadero, no se habla sólo de tráfico de cuerpos sino sobre todo de espíritus). Cuando se llevaba a la doncella de Fliunte a Enone, Sísifo les vio pasar por Corinto.

            Llegó entonces Asopo, que bien sabía quién podía estar al tanto de las "petegolezzi". Sísifo no estaba dispuesto a dar algo por nada. A cambio de que el dios-río hiciese brotar una fuente en la ciudadela de Corinto, le reveló el secreto.

            Poco -más bien nada- gustó al dios adúltero que se diesen a conocer sus miserias (este dios tan humanizado confundía ya, al igual que muchos, la ética con la técnica: como si lo que se hace mal sólo fuese malo porque es conocido por otros y no porque es negativo en sí mismo. La confusión entre técnica -lo que se puede hacer- y ética -lo que se debe hacer- era y sigue siendo notable). La venganza del incontinente no se hizo esperar. Fulminó Zeus a Sísifo y lo envió a los infiernos, sometido a la condena de empujar por la eternidad una piedra enorme hasta la cima de cierta ladera. Llegada a la cumbre tras sudoroso esfuerzo, rodaba la roca hasta la base y el reprobado empezaba de nuevo su ascenso.

            Otras versiones rondan en torno al mismo suceso. Enfadado Zeus por el mismo hecho, envío a Tánato (genio de la muerte). Pero Sísifo, en su astucia, lo encadenó antes de que le dañase. Ésta fue la causa de que dejaran de fallecer humanos. Zeus volvió a intervenir ordenando a Sísifo la liberación del portador de la guadaña inmortal (cuánto ayuda reflexionar con frecuencia sobre la propia desaparición terrena: mors certa hora incerta. Quien piense o programe su existencia como si no tuviese un límite -y corto- equivocará sus decisiones más importantes). Fue precisamente Sísifo el primer atacado.

            Pero la astucia de Sísifo parece no tener fin. Al sospechar que Tánato actuaría de manera inmediata contra él en cuanto le fuese posible, ordenó a Mérope, su mujer, que omitiese el rito fúnebre. Al llegar ante Hades, y ser preguntado por éste por el motivo de la ausencia de celebraciones mortuorias, Sísifo mintió con descaro, acusando a su esposa (nada más y nada menos que una de las Pléyades: la única casada con un mortal) de impiedad. Aquello no podía consentirse, pensó el encargado de los infiernos; y permitió la vuelta de Sísifo con el objeto de castigar a quien se negaba a cumplir tan fundamental deber. Una vez libertado, no se le pasó por la cabeza a nuestro personaje el regresar a tan ingrato lugar. Cuando falleció de puro anciano, escaldado Hades por lo sucedido en la primera ocasión, le condenó al cumplimiento de la tarea apenas descrita.

            Higinio menciona otra causa del castigo. Odiaba Sísifo a Salmoneo, su hermano (situación frecuente por lo demás desde los sucesos de Caín y Abel -causados ya entonces por la envidia-, y más explicable si hubiese habido una herencia por medio, porque si a alguien quiere conocerse, basta tener que repartir con él un testamento...). Acudió entonces nuestro astuto personaje a Apolo, para que le ayudara a terminar con "su enemigo".

            La respuesta del Consultor fue realmente sorprendente: le aconsejó unirse a Tiro, su sobrina. De ahí saldrían los vengadores de su causa. Al conocer aquella peculiar promesa, la chiquilla tuvo el coraje de matar a sus propios hijos (dos había tenido: parece que siempre pagan inocentes por los males de otros).

            Narra Higinio que, al cabo, Sísifo se encontraba cumpliendo su castigo en los Infiernos a causa de su demostrada impiedad.

            La pena a la que es condenado este peculiar individuo, supone un daño para él, pero si pertenece a una organización, es mortal para ésta. Tener que repetir las cosas porque la gente no se comporta como "terminator", es decir, procurando concluir los compromisos adquiridos, es de lo más agotador que existe. Hay que formar gentes capaces de superar la acidia.

            Sería una lástima que por carencia de capacidad para motivar hubiera personas a nuestro alrededor que pudieran clamar lo que escribía Ignazio Silone al final de su vida: que pena darse cuenta de que uno no ha cumplido aquello que podría haber alcanzado.  Matar el tiempo es un modo de asesinarse a sí mismo, es una modalidad de suicidio, incluso más grave, porque es un sucesivo auto-asesinato.

            Evitando la hiperactividad en ocupaciones reactivas (de apagafuegos), hay que centrarse en actos proactivos que proporcionan valor a las organizaciones en las que cada uno se desenvuelve.

 

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Una anécdota

            La llamada de Sempronio, conocido por motivos de negocios, tenía tonos de súplica:

            -Mi hijo -dijo a Ticio- no consigue acabar la carrera. Y mucho menos encontrar trabajo. ¿Podrías, por favor, ayudarle? Te quedaré muy agradecido, y él también.

            A pesar de los consejos en contra de personas a las que consultó, Tició cometió el error de contratarle.

            Desde muy pronto comprobó su escasísima preparación. Había que asesorarle a él -¡el flamante licenciado! (lo fue entre todos, pues muchos pidieron clemencia para que le aprobaran las últimas materias)- en cuestiones fundamentales. Armándose de paciencia, se dispuso a soportarle, por echar una mano a aquel que se lo había solicitado.

            Las señales de alarma no tardaron en saltar. La principal característica de aquel muchacho era que nunca acababa las cosas. Se le solicitaba un informe y se paralizaba su brega exactamente en el punto en el que se le había sugerido que investigara. Era incapaz de tomar una iniciativa, de hacer una sugerencia que tuviera la más mínima carga de sensatez.

            Como en el caso de Sísifo, cualquier expediente que se le adjudicara, era adivinable de antemano que habría que revisarlo entero porque sin duda faltarían aspectos esenciales. Era como el cuento de nunca acabar. Cuando se le volvían a encargar gestiones, de nuevo se descubría que algo faltaba. Salvo ir a hacer recados -acercarse al registro o subir unos bocadillos, por ejemplo-, cualquier otra meta era inútil planteársela. Una escritura de constitución tardaba semanas, unos estatutos los hacía sin tomar en consideración las nuevas leyes que habían salido, y eran por tanto devueltos por el registrador... Un calvario.

            La paciencia iba alcanzando su límite, pero el culmen llegó al no registrar una sociedad en el plazo previsto, con importantes y dañinas consecuencias para los socios.

            Ha sido una de las pocas personas que Ticio se ha visto obligado a despedir. Aquel profesional lo era sólo de la chapuza. Tiempo después supo que había sido elegido para una función pública. ¡Dios salve al Rey, pero sobre todo a sus pobres súbditos! Cuando escribo estas líneas parece que el Creador ha oído esas peticiones, porque ha sido capaz en pocos años de reducir a pavesas la representación del partido político en el que milita, dentro de la circunscripción de la que él se hizo cargo. Supongo que ahora, o cambiará de partido, o buscará un trabajo. Si opta por esto último, es de desear que sea de subalterno sin ninguna capacidad de decisión, por el bien de aquel que decida contratarle.

            ¿Por qué no habrá un registro de incompetentes?

            Ticio debería haber sido incluido también en él, por no haberse negado a aceptar a aquel patán, que, por si fuera poco, sacó los pies del tiesto al ser puesto en la calle. Desde entonces, Ticio se he negado a colaborar en "crímenes" como ése: cuando algún amigo le pide ayuda, olvida la amistad y mira al personaje para el que se solicita. Si le recuerda mínimamente a aquel molondro, responde:

            -Quiero mantener tu amistad, pero no a costa de colaborar al hundimiento de ninguna empresa. O, cuanto menos, a la úlcera de algún ejecutivo.

           

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