domingo, 10 de noviembre de 2013

LA FIDELIDAD DE LOS SOCIOS. El ejemplo de Artabazo, Pausiano, Céfalo y Ligis.


 

Tras los sucesos de la batalla de Maratón, en la que los espartanos ni siquiera se dignaron aparecer en la batalla (eso son la mayoría de las relaciones comerciales: enfrentamientos dentro de una guerra por incrementar la cuota de mercado), los atenienses no les miraban con especial simpatía. Las cosas fueron cambiando: ya se sabe que el dinero no entiende habitualmente de grandes lealtades ni desealtades: o mejor dicho lo que promueve es un pragmatismo ciego para los fines que cada uno se propone.

Efectivamente, los también narrados sucesos de la batalla de Termópilas y el enfrentamiento naval de Salamina, pusieron a Atenienses y Espartanos en la senda de la reconciliación y la renovada colaboración. Una enseñanza es inmediata: no hay que enfrentarse con nadie, porque quien ayer aparecía como contrincante mañana (tras una fusión, una adquisición....) puede convertirse en jefe, compañero o subordinado. Sobre todo en los dos primeros casos valdrá la pena que no se hayan incubado resentimientos en relaciones previamente mantenidas.

Jerjes había dejado casi treinta mil hombres antes de retirarse en dirección a Asia Menor. Y aquel ejército hacía que Atenienses y Espartanos mantuviesen la mosca detrás de la oreja. Mardonio, el general en jefe de esa guarnición persa intentó socavar la colaboración entre Espartanos y Atenienese, por medio del rey Alejandro I de Macedonia, pero ni promesas ni amenazas sirvieron para nada. La guerra estaba a punto de recomenzar.

Ni corto ni perezoso, marchó Mardonio contra Ática y después entró de nuevo en Atenas, ciudad fantasma y ocupada por los persas en el estrecho período de diez meses. Los espartanos, cansados de tanta arrogancia, salieron en ayuda de los atenienses. Bajo la dirección de Pausanio, cuarenta y cinco mil soldados se aprestaron contra los invasores. Al cabo, se establecieron en Plateas (Beocio) dispuestos en orden de batalla, con los refuerzos de ocho mil atenienese, cinco mil corintios, y otros. En total, ciento diez mil hombres procedentes de veinticuatro ciudades de la confederación griega.

Durante muchos días permanecieron los campamentos a punto del enfrentamiento, pero siempre se retrasaba. Un movimiento de aparente repliegue llevó a los persas al ataque: llegaba el momento de la fusión (por ejemplo).

Mardonio pagó con su vida el intento, y su gente se retiró de manera desordenada, siendo muchos aniquilados.

¿Todos? No, porque un contingente se salvó de aquella borrachera de sangre. Se trataba de Artabazo. Era éste segundo de a bordo del fallecido, pero ni él ni ninguno de sus hombres padeció daño alguno. Fundamentalmente, porque no llegó a entrar en batalla. Poco después se retiró sano y salvo junto con los suyos vía Tracia. Si hubiera entrado en batalla, probablemente hubiese modificado sustancialmente la orientación que tomó el triunfo.

En demasiadas ocasiones se olvida que el mayor enemigo de una entidad comercial no se encuentra en la competencia. Se halla, más bien, dentro de las propias filas de la empresa. La envida, la ira o la sencilla malquerencia de quienes se encuentran a nuestro alrededor son los mayores riesgos que se presentan para la propia vida profesional y para el futuro de la compañía o departamento.

 Demasiados poco escrupulosos deambulan por el mar de las relaciones económicas. Buenas palabras llevan, pero eso no debe hacer bajar la guardia, pues quienes aparentan mejores intenciones se convertirán en lobos feroces cuando las transacciones vayan mejor, los beneficios apunten cifras con suficiente número de ceros, etc.

 Es imposible comprar la lealtad, y la traición es mercancía de cambio excesivamente presente. Estar preparado para ella es el mejor de los lenitivos.

¿Confiar en los hombres? Sí, pero con matices.

Antes de depositar nuestra fe en nadie, será bueno informarse con detalle: muchos medios existen (pueden verse a este respecto mi trabajo Franquicia: selección de franquiciados, selección de franquiciador, en Técnica Económica, nº 160, septiembre de 1997, pp. 31-44). Merecerá la pena -¡siempre!- conocer con más detalle a aquel proveedor, cliente, potencial socio, etc., antes de embarcarse en relaciones mercantiles más profundas.

            Mucha gente tiene una exclusiva fidelidad, aquella que se refiere a sí mismo y a su bolsillo. Superar ese primer obstáculo no es sencillo, porque el vicio está profundamente arraigado, entre aquellos menos valiosos que, con tal de sobresalir (¿para qué, si no tienen nada que decir?), están dispuestos a dejar en el arroyo a quienes habían prometido "amor eterno".

La selección de socios para cualquier aventura (empresarial, política, profesional en general) no debe hacerse de manera intuitiva o bajo el lema de "Todo el mundo es bueno". No es así. Demasiados aprovechados vagan por nuestras calles ante el desamparo de los honrados y la indolencia de quienes teniendo obligación de poner coto a esos desaprensivos, miran hacia otro lado.

 Tropezamos con Pausiano, el gran héroe, que cae en desgracia tiempo después. Y es que Grecia (recuérdese a Milcíades o a Temístocles de Grecia, o a Cleómenes I, entre los espartanos), como tantos lugares hoy día, no acepta que destaquen las individualidades. Se prefiere seleccionar mediocres, gentes de bajo perfil que como nuevos burócratas comiencen la labor de los Epsilones que Huxley describió en su Un mundo feliz.

El final de Pausiano no fue feliz, asediado se le dejó morir de hambre: pero como estaba refugiado  en lugar santo se le sacó arrastras de allí justo antes de padecer, para que ni siquiera la satisfacción de haber fallecido en tierra sagrada: cuando la venganza se desata con saña no se para en marras; todo es poco para castigar a aquel a quien antes se alabó. Tampoco los espartanos salieron en su ayuda, lo abandonaron como chivo expiatorio. Una vez más se verificó que los triunfos de ayer no sirven para justificar los del mañana y que la versatilidad de las gentes es tan grande que de un día para otro quien fue ensalzado pasa perfectamente a ser denigrado sin el menor rubor de los tornadizos espectadores.

Nadie evita que esto suceda, pero hay un modo de prevenirlo en parte: solicitar detallada información de aquellos con quienes uno se embarca. La persona tiende a formar un todo en su existencia (aunque sin excluir la posibilidad de cambios): quien ha estafado a otros volverá a repetirlo con nosotros; quien se ha comportado honestamente con precedencia será más fácil que lo siga haciendo en el futuro. Tomar precauciones nunca está de más. Una muestra: jamás tenga firma solidaria quien se encarga de contabilidad; menos aún si también es responsable de los arqueos. Ayudar a otros a comportarse rectamente es un buen modo de empezar.

 Muchas veces los problemas surgen no de complejidades reales sino de malentendidos, que habría que resolver lo antes posible para evitar que los males se hagan mayores. El caso de Céfalo es paradigmático. Locamente enamorado de Procis, un día -sin saber bien por qué- comenzó a tener dudas de la fidelidad de su esposa (del socio, diríamos aquí). Cuando ella lo creía ausente, entró disfrazado, prometiendo regalos si la dama se le entregaba. La mujer aguantó mucho tiempo pero (y es que con fuego no debe jugarse) al final aceptó. Momento éste en el que el tentador se dio a conocer como su marido.

  Procis, profundamente molesta, a la vez que avergonzada, huyó de la casa. Céfalo salió detrás de ella, y poco después se abrazaban tras reconocer cada uno el mutuo mal comportamiento que habían tenido.

Tornaron las aguas a su cauce (es decir, la empresa volvió a dedicarse a sus actividades de producción ordinarias), hasta que fue Procris la asaltada por los celos. Como su marido salía de caza, comenzó a sospechar si no tendría algún amorío con las ninfas de la montaña. Un criado, pérfidamente interrogado, aseveró:

            -Al concluir la cacería, tu marido invoca a una misteriosa Brisa, y le solicita que mitigue su ardor.

 Procris no necesitó saber nada más. Profundamente ofendida, se propuso descubrirle en medio de sus amores culpables. Así, el primer día de caza, siguió a Céfalo. Él, al oír ruido entre los matorrales, lanzó una jabalina que -como los modernos misiles- estaba dotada de la rara propiedad de acertar a la víctima. Así, cometió un homicidio involuntario en la persona de su desconfiada esposa. El dolor de la muerte de ésta fue menguado porque ahora ya sabía que su marido no la engañaba, sino que invocaba a la brisa, es decir, al viento.

Alguien podría pensar que visto lo visto sería mejor emprender aventuras empresariales en solitario, cuando resulta que es tan frecuente encontrar el desastre cuando se va en compañía. No debe responderse así para todos y siempe (véase mi estudio La selección de socios, en Capital Humano, abril de 1999, nº 121, pp. 60-66), porque muchas veces contar con socios es conveniente.

Ligis era hermano de Alebión. Cuando Heracles volvió de la patria de Geriones (gigante que poseía tres cabezas y cuyo cuerpo era triple hasta las caderas), tuvo que atravesar el sur de Galia. Intentó Ligis robar el rebaño del héroe. A punto de ser derrotado, acudió Heracles a su padre (su socio), quien con una lluvia de piedras rechazó fácilmente a los injustos atacantes. Se dice que el llano de la Crau testimonia, con una gran cantidad de piedras en la zona, lo eficaz de la colaboración frente a las fuerzas externas.

 

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Una anécdota

            Sempronio y Ticio constituyeron una empresa de alta tecnología. Profundamente amigos como eran, lo hicieron al 50 por ciento. Los primeros dos años, como acaece en tantas aventuras mercantiles, fueron de permanente esfuerzo. Cada uno trabajaba más que el otro, y las manifestaciones de mutuo interés y aprecio eran constantes.

            Atravesaron momentos difíciles, etapas de sufrimiento y desesperanza donde parecía que el proyecto se iría al traste, pero en el comienzo del tercer año de facturación ya estaba correctamente encauzado.

            En éstas, Sempronio dijo a Ticio:

            -Hace tiempo que manifiestas tu deseo de casarte. ¿Por qué no aprovechas ahora que todo comienza a ir? Es más, si quieres, tómate tres semanas para realizar ese viaje por Asia que has mencionado.

            Así fue. Al cabo de poco tiempo, ya casado, Ticio -narrador de esta historia- salía de viaje de luna de miel con dirección a Thailandia.

            Ese mismo día, cumpliendo los requisitos jurídicos, se convocaba Junta General Extraordinaria para poner en marcha una operación arcordeón a cuenta de ciertas pérdidas acumuladas. No faltaron los anuncios en prensa, en el boletín oficial, las comunicaciones según preveían específicamente los estatutos... Hasta se convocó a un notario para que levantase acta de que "incomprensiblemente" Ticio no acudía a la importantísima reunión, celebrada con todas las bendiciones y exigencias legales.

            Culminada ya la operación, volvió el ya ex-socio de Sempronio, dispuesto a recomenzar su labor de dirección en la empresa. No se le dejó ni entrar en la sede de la empresa...

            -¿Qué haces aquí?, le preguntó con fingida sorpresa el traidor.

            -Acabo de volver, respondió con asombro el recién llegado.

            -¿No te enteraste de la convocatoria extraordinaria que tuvimos que hacer?, ironizó cruelmente el torticero, regodeándose en su maldad.

            -¿Qué...?, preguntó aún incrédulo el recién convertido en intruso.

            La perfección legal de lo ejecutado hizo inútil cualquier intento  de reclamación. Pasado el tiempo, puso Ticio en marcha otra empresa, pero ahora ya sin socio alguno. Triste es que sucesos como éste enturbien el mundo de los negocios.

2 comentarios:

  1. Conozco, ay, más de un Sempronio. Mejor haríamos siguiendo tus consejos :-)

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  2. Desafortunadamente es así, aunque también lo es que hay una cantidad grande de profesionales de primera.
    Javier

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