domingo, 8 de diciembre de 2013

LA VANAGLORIA EN LA EMPRESA. El ejemplo de Aedón y Palamedes.


Vivir con sentido de la mesura no es sencillo. Fácilmente, particularmente cuando el empresario -o el ejecutivo o el político- tiene la "mala suerte" de que todo le vaya bien, es fácil que pierda la cabeza, que se sienta por encima del bien y del mal. Afortunadamente las desgracias no suelen andar lejos.Tal vez más cuanto más confiadamente se vive. La deshumanización de los momentos de gloria se paga después. Es por eso bueno prepararse para el futuro: vivir al día, pero "como de prestado", sin depositar excesiva confianza en lo conseguido, porque luego aterrizan como de golpe  las sorpresas.

Aedón era mujer de Politecno e hija de Pandáreo (éste robó el perro destinado a custoridar el santuario de Zeus, en Creta. Lo dejó al cuidado de Tántalo en el monte Sípilo, en Lidia. Luego, al regresar, lo reclamó. Tántalo negó haberlo visto. Zeus castigó a los dos: a Pandáreo convirtiéndolo en zorra, y a Tántalo enterrándolo en el monte Sípilo).

Vivía feliz la pareja en Colofón (también en Lidia). Como matrimonio bien avenido, pronto tuvieron descendencia: Itis.

Todo sonreía a esa pareja: felicidad en los negocios, contento en la vida familiar, alegría en la prole. En esas circunstancias, en vez de agradecer a los dioses por lo recibido, cayeron en uno de los vicios menos gratos en Atenas: el orgullo. Se consideraron por encima de todos y de todo.

En su ingenua vanagloria blasfemaron de los dioses, afirmando por doquier que estaban más unidos incluso que Zeus y Hera.Nada gustó esto. Y la venganza fue sibilina: recibieron a Éride, portadora de la discordia. Para lograr sus objetivos, ésta introdujo en ellos el afán de emulación: dejó el alma herida de soberbia. Fue quizá, el mayor daño que pudo haberles hecho.

En vez de disfrutar de su existencia planteándose el oportuno rightsizing, cayeron en un hiperactivismo  sin orientación.

Se dedicó Politecno a construir un carro (hoy afirmaríamos que concentró su interés en la puesta en marcha de una empresa). Ella se centró en en un telar (aceptó un teletrabajo excesivamente honeroso por el número de horas que le exigía y sobre todo porque, perdido el norte, lo que ambos pretendían era "quedar" por encima del otro). Ya estaba perdido el sentido de la unidad, la disposición de servicio, la capacidad de entender al contrario..., todo, en fin, lo que hace grata la existencia.

Por si poco fuera, se plantearon una apuesta: quien primero no consiguiese los objetivos que se habían marcado porporcionaría al otro una persona para su servicio.

Aedón, sin cortarse un pelo, solicitó la colaboración de Hera (la más grade de las diosas del Olimpo, hija primogénita de Crono y Rea; hermana por tanto de Zeus). Con semejante ayuda, cubrió objetivos mucho antes que su marido. Éste, dominado por los afanes de figurar, optó por la venganza (y es que normalmente el descontrol en algún aspecto esencial del difícil equilibrio en el que vive la persona humana afecta a toda la estructura psico-psicológica).

Fue, pues, Politecno a Efeso, y con permiso del suegro, se llevó a Quelidón, hermana de su esposa. La excusa -como siempre el malvado no tiene ningún reparo en acudir a la mentira- era precisamente visitar a Aedón.

En su larga y frenética carrera de desvaríos, violó a Quelidón, la endosó un vestido de esclava, la cortó el cabello y la amenazó de muerte en el caso de que narrara lo sucedido. Llegados a casa le entregó a su hermana como sierva. Aedón, metida también de lleno en "sus cosas", incapaz de preocuparse por algo que no fuera de su estricto interés personal no reconoció a quien también llevaba su sangre.

Pero las mentiras tienen las piernas cortas.Tiempo más tarde, mientras Quelidón se lamentaba de las desgracias padecidas, su hermana la oyó. Al reconocimiento fraternal sucedió el deseo de venganza, como si no hubiesen sido suficientes los malos ratos. De nuevo pagó el pato un inocente, pues Itis fue asesinado por las hermanas y lo sirvieron en forma de apetitoso plato a su padre, a la sazón, esposo de Aedón. Sospechando que aquello no quedaría así, pusieron pies en polvorosa y se dirigieron a Mileto.Eso sí, narran los mitógrafos que, indiscretas, comentaron con algún vecino lo realizado. Y a aquél le faltó tiempo para informar a Politecno.

En plena persecución, reconcomido por el deseo de revancha, fue detenido por criados de Pandáreo, el padre de las muchachas. No se andaron éstos con chiquitas y, oportunamente atado, fue untado con miel y abandonado en la pradera para que su muerte estuviese acompañada por el sufrimiento de ser cruelmente picado por moscas, mosquitos...

El corazón de una mujer no permanece mucho tiempo endurecido y Aedón se acercó a su marido para ahuyentar aquellos animales.Pero la misericordia no es siempre bien vista por todos. Tanto, que su propio padre y sus hermanos estaban dispuestos a matarla por aquella buena acción en pro de un moribundo, del que había estado locamente enamorada y al que había sido siempre fiel.

En esa situación, Zeus se apiadó de tanta desgracia y transformó en aves a los implicados. Pandáreo acabó en forma de águila marina. Harmótoe, madre de Aedón y de quien no consta ninguna intervención ni a favor ni en contra de las diversas actuaciones, fue hecha alción. Politecno, en recuerdo del regalo que Hefesto le hizo deun pico fue transformado en picamaderos. El hermano de Aedón apareció ya como abubilla y la propia Aedón fue a partir de entonces ruiseñor. Su hermana Quelidón, por especial detalle de Artemis, a quien acudió la violada en los peores momentos de aquellos abusos, se convirtió en golondrina, pero con permiso para convivir con los hombres.

Así, la felicidad de los comienzos, que podía haber llegado a su zenit con una vida cumplida, se vio interrumpida por los malos deseos del orgullo. Y es que en las entidades mercantiles (y en la política) es preciso estar atento para que los triunfos -siempre pasajeros por cargados de importancia y apariencia que se presenten- no cieguen a quienes, vuelvo a insistir, tienen la mala fortuna de no conocer el fracaso. Asumir esta realidad facilita y predispone a una sana ironía. Los mismos que aplauden hoy -recita un tango- mañana de ti se habrán olvidado. Permanecer pendiente de opiniones ajenas es un modo de negarse una vida plena. Por lo demás, lo que sucede en la mayor parte de los casos es que los comportamientos, éxitos, o panegíricos no merecen ni el aplauso ni el desprecio de los observadores, sino sencillamente el olvido. Triste cosa angustiarse por algo que otros tardarán escasos momentos en archivar en lo más recóndito del baúl de los recuerdos.

La vangloria, no está de más insistir, va comúnmente unida a la envida. El vanidoso no admite que nadie haga algo valioso, si no es él mismo. La eficacia de alguno de los colaboradores de quien padece esta grave enfermedad implica su perdición.

Obligó Ulises a un troyano a escribir una carta falsa, supuestamente enviada por Príamo. Se deducía de aquello que Palamedes estaba traicionando a los griegos. Sobornó luego Ulises a un esclavo, para que escondiese oro en la tienda de su amo. Hizo circular aquella información. Llegada a oídos de Agamenón, hizo lapidar al presunto culpable. Fue el ejemplo por excelencia de la muerte de un inocente (su expulsión de la empresa), sencillamente por valer más que los patanes que en ese momento detentaban el poder.

No admite el mediocre en puesto de mando que nadie dé sombra sobre su supuesta eficacia. Por eso no está de más del consejo italiano: è meglio farsi il morto che ti ammazzino: es mejor hacerse el muerto que esperar a que otros te maten.

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Una anécdota

            Hablar con Cayo, mando intermedio en una Universidad privada, era todo un prodigio de paciencia. A su edad -no era todavía anciano-, y según él, no había sector empresarial en el que no hubiera prestado relevantes servicios. Se consideraba eminente en todas las actividades empresariales, no sólo en su país sino allende las fronteras. Nada había de lo que se hablara en lo que no se considerara especialmente dotado para pronunciar graves sentencias ex-catedra. Quien no entendiera sus fantásticas consideraciones no era digno siquiera de estar cerca de él.

            Cada día eran más años y más importantes los sillones ocupados en Consejos de Administración, en puestos de confianza, y más los países que habían quedado subyugados ante su ciencia. Al principio, cuando Ticio le conoció, quedó deslumbrado, como quienquiera que se acercaba por aquellos lares.

            -¿Cómo era posible que aquella persona tuviese tantos estudios, hubiese realizado tantos postgrados, fuese un empresario tan afamado, y nunca hubiese oído hablar de él? ¿Cómo era comprensible que la prensa económica no se ocupase con frecuencia de aquel ser prodigioso, prócer en múltiples ciencias? ¿Cómo se entendía que hablase de personajes ilustres con una confianza notable, como si su trato con aquellos -ellos, sí, muy conocidos- fuese diario? ¿Cómo sus conclusiones sublimes no se encontraban traducidas a otras lenguas para que así una nueva generación de ejecutivos pudiese formarse? ¿Cómo era viable, a la vez, que sus empleados dijesen que cuando hablaba de lo que alguno de ellos sabía sólo decía simplezas y generalidades? y ¿cómo, en fin, que todos tuviesen esa misma percepción? ¿Y que los clientes estuviese mucho más descontentos desde la llegada de aquel que había anunciado profundas reformas y mejoras en el servicio?

            Ésas y otras preguntas se hacían algunos cuando charlaban sobre aquel recién incorporado.

            Algunos no prestaron más atención al peculiar caso, pero otros indagaron entre gentes del sector -perdón, de los sectores- en los que aquel fanfarrón afirmaba ser un figura.

            Fueron llegando respuestas:

            -Ni le conocemos, dijeron los más.

            -¡Ah, sí, ése se caracteriza por sus balandronadas y por la paciencia que ha tenido con su jefe anterior, a quien por cierto ha rendido pleitesía durante décadas!

            -Uno del montón, resumió otro.

            -Un payaso, espetó el último.

            Cuando se acumularon esas respuestas, muchos no podían creer que se tratase de la misma criatura. Algún error había de haber. Tal vez una coincidencia de nombre. Quizá no haber pronunciado con exactitud sus apellidos, por lo demás vulgares...

            Pero sí, lo era. Su mayor valor era no saber de lo que hablaba, contradecirse en periodos que no llegaban a los cinco minutos. Y todo eso en medio de un pavoneo que provocaba la risa. Aunque nadie se atrevió nunca a carcajearse, no por falta de ganas, sino porque en el fondo aquel esperpéntico personaje les daba lástima.Además, en medio de su hozar orgulloso en historias nunca sucedidas, era sumamente vulnerable. Cualquier alabanza facilitaba que los empleados que de él dependían pudiesen, en el fondo, hacer lo que quisieran. Bastaba comenzar ensalzando las gloriosas decisiones -en realidad simplezas-, para que lloviesen permisos, prebendas, beneficios sociales, vacaciones... Paralelamente, cuando ordenaba cosas complicadísimas y aseguraba:

            -Yo también lo haré, para que todos veáis que es posible.

            Aquellas promesas duraban pocas semanas, a veces días. Y, en periodos cortos de tiempo todo volvía o a ser como antes o a simplificarse aún más, porque ni siquiera se llegaban a cumplir aquellos requisitos que los mandos precedentes habían impuesto.

            Los responsables de aquel contrato, medio avergonzados, medio sorprendidos, no quisieron tomar cartas en el asunto. Y dejaron a aquél en esa posición mediocre -pero excesivamente bien remunerada: tal había sido la capacidad de engaño del vanidoso- hasta que por fin se jubiló. Su recuerdo siguió provocando irónicas miradas, como aquel gran rey que vestido de aire se presentó -engañado por sí mismo, con la ayuda de su sastre- ante la corte del reino. Pobre hombre que iba luciendo impúdicamente su flácido badajo en porreta. Y pobre esposa que tendría que haber aguantado aquellas mismas historietas fantásticas. (O, ¿tal vez las contaba a los empleados porque su mujer no estaba dispuesta a soportar tanta fanfarronería?).

           

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