martes, 11 de febrero de 2014

ENRIQUE ALCAT: ALGUNOS RECUERDOS


 
Con nada tropezamos tan asiduamente como con la muerte. Nada procuramos olvidar tanto como la muerte. Todos viajamos en un mismo tren, el de la existencia terrenal: a veces, reflexivos; otras, alocados; frecuentemente olvidando que sin mucho tardar seremos nosotros quienes descendamos.

Enrique Alcat, uno de esos autores que por derecho propio han contribuido a esa Escuela Española del Management que en pocos años ha alcanzado significativo posicionamiento allende nuestras fronteras, ha abandonado el convoy hace pocos días.

No recuerdo con certeza quién me habló de él. Sí me acuerdo, sin embargo, de la primera vez que acudió a mi despacho, hace más de un lustro. Era un periodista navarro, sanamente ambicioso, consciente del valor del trabajo que venía realizando y de la proyección que deseaba alcanzar.

Procuré apoyarle. Entre otras gestiones, lepresenté a los responsables de Top Ten Management Spain, el exclusivo Club que acoge a los más destacados profesionales españoles en asesoramiento empresarial. Posteriormente, y como miembro del correspondiente jurado, voté –lo consideraba de justicia- para que le fuera concedido en 2010 uno de los premios que Manager Business Forumentrega cada año. El otro laureado en esa ocasión fue Antxon Arza. ¡Qué gran equipo el formado por Isabel Sancho, Miguel Ángel Robles, Chus Gago…, promotores de Interban Network organizador de los galardones!

Enrique quería agradecérmelo. Se empeñó en invitarme a comer. Recuerdo con precisión tanto ese almuerzo como otros que se han sucedido. Me insistió Enrique en su anhelo de expandir su actividad fuera de España. Me pidió consejo, y con gusto volví a proporcionárselo.

Me habló también en aquella ocasión de sus alegrías y tristezas. Entre estas últimas destacaba los duros tiempos que vivió como consecuencia de la desmedida presión de un movimiento religioso español por incorporarle a sus filas. Aunque había sucedido tiempo atrás, me lo narró en sucesivas ocasiones con la viveza de una herida no cicatrizada. Desafortunadamente no era un caso aislado. Se empeñó en que nos viésemos con uno de sus mejores amigos(director general en una multinacional)que, como consecuencia de idéntica experiencia, había perdido la fe en nada que no fuera tangible. Mucha pena me dio escuchar aquellosfieros testimonios.

Se sucedieron otros encuentros, mails y llamadas en los que puse los medios a mi alcance para contribuir a los objetivos profesionales de Enrique.

Nos vimos por última vez hace escasas fechas. Me sugirió con ímpetu la creación de un grupo de personas (José Aguilar, Marcos Urarte, Luis Huete…) que coordinásemos nuestra actividad para ofrecer formación y asesoramiento a empresas y organizaciones tanto en España como en otros países. Concretamos que nos veríamos semanas después con quien dirigía Top Ten Management Spain para analizar la viabilidad de esa iniciativa. La inesperada enfermedad de esa persona canceló el encuentro.

Me planteó también por entonces pronunciar una conferencia con Rojas Marcos y él mismo en su querida Lorca. Al final, no llegó a materializarse el proyecto.

Impulséla presencia de Enrique en un libro titulado “Pensadores por el mundo”. Se entusiasmó. Disponible online, puede leerse aquí su aportación: http://www.interban.com/descargas/ebooks/pensadores-por-el-mundo/pensadores_por_el_mundo.pdf

Aún conservo bastantesmensajes de Enrique, siempre cariñosos. He aquí uno de ellos, repleto de desproporcionada generosidad (se refería a una reseña sobre un libro que el británico Christopher Smith acababa de publicar con estudios de una veintena de autores sobre mi pensamiento): Leo en el Diario de Navarra y empiezo por el final. Javier Marías, Javier Zubiri y, lógicamente, faltaba un tercer Javier, que dejando al margen al santo navarro misionero y patrono de nuestra querida tierra hace justicia a quien eres. Te mereces lo mejor no sólo por tu capacidad escritora, docente y pedagógica sino por tu fácil trato y amabilidad”.

Enrique, tras superar la crisis existencial provocada por los comportamientos exógenos someramente apuntados, fue un creyente a carta cabal. Estoy convencido de que descansa gozoso en ese Cielo al que muchos aspiramos. Allí, sin duda, intervendrá, para que –cuando Dios quiera- nos encontremos de nuevo con él y con tantos buenos amigos en grata conversación. Gracias, Enrique, por influir para que así sea.

 

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