lunes, 16 de junio de 2014

EL MANAGEMENT DEL III REICH

En 2014 se cumple el 80 aniversario de la toma del poder en Alemania por Hitler. Tras asumir el gobierno en 1933, a la muerte de Hindenburg(agosto de 1934), el cabo austriaco se adjudicó también el papel de jefe del Estado.
Desde hace un trienio vengo estudiando de manera intensa el estilo de gobierno no sólo de Hitler, sino también de sus conmilitones: un discreto número de personajes que transformaron maléficamente tanto Alemania como Europa en su conjunto. El libro en el que he plasmado mis investigaciones acabo de ver la luz con el título El management del III Reich (LID editorial). Aquí expongo unas rápidas pinceladas.
El estilo de gobierno de Hitler no fue el de una jerarquía dictatorial. Se pareció mucho más a un reino medieval. La diferencia es relevante. No todas las órdenes salían de boca de aquel que Hindenburg juzgaba apto únicamente para responsabilizarse del servicio de correos alemán. Sucedía más bien que, al igual que en las cortes del medievo, los señores feudales acudían presurosos junto al todopoderoso para hacerse con algunas palabras suyas que luego esgrimían para defender sus propias posiciones.
Este estilo de dirección lo he conocido en numerosas organizaciones de tamaño muy dispar. Recuerdo una, de inspiración aparentemente filantrópica, en la que se empleaba de continuo un latiguillo con escasas variantes:
-Pablo ha dicho…; Pablo ha comentado…; Pablo ha sugerido…
Ante esas expresiones totémicas todo el mundo se ponía en marcha, pues nadie era capaz de enfrentarse a la posibilidad de que el gran jefe se enterase de que alguien le había llevado la contraria. Algo semejante sucedía en el entorno del cabo austriaco.
Como ha repetido tantas veces Marcos Urarte, los profesionales de primera buscan gente de primera para que colaboren con ellos. Los de segunda, gente de cuarta, para parecer ellos de primera. Esta política la aplicó sistemáticamente Hitler. Sus cuadros directivos fueron conformados por gente con escasa preparación técnica y, sin ninguna excepción, con nula percepción ética. Además, uno de los criterios por el que fueron seleccionados es por el sumiso acatamiento de las órdenes del nacido en Braunau. Quien se atrevió a llevarle la contraria –Blomberg o Fritsch, por ejemplo- fueron prontamente proscritos y sustituidos por otros que fueran disciplinados seguidores de los más mínimos caprichos del sátrapa.
Abundante fue el humor con el que tanto los alemanes como los demás pueblos sometidos a aquel grupo de bárbaros trataron de defenderse. En el libro he recogido docenas de chanzas que se contaron entonces.
Muchos directivos que condenan –con total razón- las atrocidades cometidas por aquel inhumano grupo de asesinos deberían mirarse al espejo, pues en múltiples ocasiones se gobierna con semejante despotismo, carencia de escrúpulos e ignominia. También en organizaciones que proclaman fines benévolos, que se dedican a objetivos como la formación o que se proclaman en las antípodas ideológicas del nazismo: me refiero a partidos de izquierda.

Una pregunta que me han formulado en ocasiones a lo largo de estos años de investigación es si merecía la pena estudiar a Hitler y management. Considero que es un esfuerzo que ha merecido la pena. Hay personas que marcan una época. El siglo XX fue claramente significado por aquel pintor fracasado. El aprendizaje de lo dicho y lo realizado por él me ha resultado aleccionador para saber qué es lo que no hay que hacer para gobernar personas y –reitero- cómo organizaciones que proclaman fines sublimes replican un management perverso.

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