lunes, 22 de diciembre de 2014

EL PRÍNCIPE DE LAS MAREAS



Título: El príncipe de las mareas

Director: Barbra Straisand

Música: James Newton Howard

Intérpretes: Barbra Straisand, Nick Nolte, Blythe Danner, Kate Nelligan, Jeroen Krabbe, Melinda Dillon, George Carlin, Jason Gould, Brad Sullivan, Maggie Collier.

Año: 1991

Temas: Coaching. Huida hacia delante. Profesionalidad. Psicoanálisis. Refugio afectivo. Sentido del trabajo. Sinceridad.


            Actriz y cantante, Barbra Streisand ha destacado en el campo de la música y en el de la interpretación. Además, ha trabajado como guionista, productora y directora. Su primer papel fue el de protagonista en "Funny Girl" (1968), que supuso su primer Oscar, compartido con Katharine Hepburn, por su interpretación en "El león en invierno". En el caso de ‘El príncipe de las mareas’ fue nominada a mejor directora. Estuvo casada con Elliot Gould, del que tiene un hijo, que actuó al lado de su madre en la película.

            Aunque el tono de toda la narración es freudiano, son muchas las enseñanzas que es posible obtener para el mundo de la empresa, y, sobre todo, para las personas que en ese ámbito trabajan.

De esta película suele citarse una expresión: “hay familias que viven toda su existencia sin que les ocurra algo con un mínimo de interés. Siempre he envidiado a esas familias”. En la que ahora nos ocupa, son muchas las cosas que han acaecido, y no siempre adecuado el modo en que han sido asimiladas.

            La hermana de Tom Wingo (Nick Nolte) intenta suicidarse, al parecer por falta de afecto. Por este motivo, la psiquiatra Susan Lowenstein (Barbra Streisand) llama a éste para que le ayude a descubrir las razones que han conducido al desequilibrio de la enferma. Al parecer, toda la cuestión se oculta en un rincón de la mente, que no parece estar dispuesta a purificarse. Quizá –se plantea la doctora- el pariente sepa qué sucede en aquella atormentada paciente.

            Actuando -por decirlo de manera simple-, como coach (aunque, como he escrito en otros lugares, hay que diferenciar las obligaciones y actividades de un psiquiatra y de un coach), la doctora Lowenstein comienza a descubrir un nuevo mundo en los demás, pero también en sí misma.

            Primera enseñanza: todo el mundo necesita alguien que le escuche. No puede vivirse de forma aislada, como si cualquier obstáculo pudiese ser resueto autónomamente. Esta imperiosa exigencia de la naturaleza humana ha sido respondida de muy diversas formas a lo largo de la historia. Una ha sido la propia pareja (la mujer o el marido); otras, gracias a un psicólogo, un amigote, un confidente... Hoy en día, además de para mejorar en las Habilidades Directivas, el coach sirve para dar salida a esa necesidad personal de ser escuchado.

            Segunda enseñanza: la doctora comete un error de manual: convertirse a su vez en coachee. No quiere esto decir que el coach deba mantener una actitud totalmente impasible, pero sí que su labor pierde en gran medida su valor cuando pretende que uno de sus coachees sea a su vez su coach. Entre los riesgos de actuar así se incluye el de implicarse afectivamente. No es correcta una distancia frígida, pero tampoco una postura en la que las emociones se vean atrapadas. Eso conduce a que el asesoramiento sea menos objetivo y valioso de lo que sería aconsejable.

            El tema de la comunicación interpersonal es otra cuestión de primer orden. Muchos problemas lo son sencillamente por la incapacidad de alguna de las partes de transmitir los propios modos de contemplar la realidad. Lo que engrandece no es el enrocamiento en una postura, sino la capacidad de asimilar lo mejor de cada una de las posibles perspectivas. Pero para que eso sea posible, es imprescindible la apertura sincera al otro, sin prejuicios.

            Como se repite de forma tanto explícita como implícita, ninguna miseria puede sobrepasar el verdadero amor. La gestión de lo imperfecto es necesaria. Entre otros motivos, porque es la única realidad con la que nos encontramos por delante en nuestra actuación, también en las relaciones interpersonales.

            A lo largo del metraje, se hacen referencias de forma permanente a las ventajas de algo que la Iglesia católica ‘inventó’ hace mucho tiempo: la confesión. La función del psiquiatra (no son incompatibles ambas ayudas, como algunos, de uno u otro bando se empeñan en plantear) es la de contribuir a arreglar disfunciones. El sacerdote ha de conceder el perdón de Dios. Ninguna de las dos ‘actividades’ –insisto- excluye necesariamente la otra. Aunque, todo hay que decirlo, cuanto más se confiesa la gente, menos se precisa por lo general de la ayuda del médico de la mente. ¿Será esto porque esa redención que toda persona necesita ha de pasar por una cierta seguridad de haber sido absuelto?

            La formación, sea familiar o empresarial, ha de ser en y de la libertad. Cuando alguien, por ejemplo una madre, procura acaparar demasiado, la reacción suele ser la de huida. Nadie –salvo los muy frágiles- admiten que alguien les condicione su vida de forma continuada. Cada existencia es novedosa. Pueden darse indicaciones, pero no proponer que se siga un determinado esquema. Al final, el exceso de control acaba produciendo, tanto en las familias como en las empresas, una reacción de rechazo. Incluso lo mejor ha de ser sugerido, nunca impuesto.

            En el fondo de aquellas mentes enfermas se encuentra un abuso sexual sufrido por parte de la familia a manos de tres desalmados. El padre, que nunca se implicó en la formación de los hijos, queda al margen de los sucesos.

            En vez de enfrentarse a los hechos, aquello quedó grabado en las vidas de los implicados, que nunca consiguieron rehacerse de aquel trance. Esto lleva a otra conclusión: existen traumas que pueden marcar de manera relevante la vida de las personas. A cada uno le afectan las cosas de manera diversa. Por eso, hay que procurar empatizar, para que la ayuda que se ofrezca sea eficaz.

            Última enseñanza: el acoso sexual (sea o no consumado: más, evidentemente si lo es) puede marcar gravemente a las personas. La sexualidad no es mera genitalidad. En el empleo del cuerpo en actividades sexuales (voluntaria o forzadamente) se implica –velis nolis- toda la persona. Al igual que se pone de manifiesto en ‘Una proposición indecente’, no puede entregarse sólo el cuerpo, porque mientras estamos vivos, somos personas, nunca mera materialidad carnal.

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