lunes, 25 de mayo de 2015

LA VIDA DE NADIE

Título: La vida de nadie 
Director: Eduard Cortes
Intérpretes: José Coronado, Adriana Ozores, Marta Etura, Roberto Álvarez, Adrián Portugal, Rosa Meras.
Año: 2002
Temas: Ambición. Dinero y felicidad. Ética. Medios y fines. 
Refugio Afectivo. Mentiras y verdades. Sentido de la vida.







Emilio Barrero (José Coronado) es hombre de éxito. Su entorno le tiene encumbrado. Se trata de un empleado cualificado del Banco de España. En su ambiente parece que nada falta: su esposa no sólo es guapa, sino también buena cocinera, cordial, educada, fiel, servicial… Vamos, lo que cualquiera busca en su existencia, y sólo algunos encuentran.
Residen en las afueras de Madrid, en uno de esos chalets que producen envidia. Por si fuera poco, su hijo sencillamente le adora. ¡Y todo esto antes de los 40! Esa fecha, precisamente, no quiera dejarla pasar sin más su esposa. Agata (Adriana Ozores) prepara con discreción un vídeo-sorpresa
La existencia de Emilio, sin embargo, está basada en la falsedad. Al ver esta película no he podido por menos de ir recordando a un directivo que –cambiando de sector y algo de edad, pero no de ciudad- podría haber sido el protagonista real de una historia del todo semejante a la que narra el largometraje. Porque existen personajes enredados en el permanente trapicheo de la verdad. Esta película se hace, a pesar de la crudeza, particularmente cercana.
El equilibrio entre tantas mentiras no es fácil, porque como bien señalaban los clásicos para mentir hay que tener muy buena memoria. Ésta salta de alguno modo por los aires cuando Rosana (Marta Etura) aparece en escena. El flechazo es inmediato y el racionalista Emilio se ve desbordado por los sentimientos.
El efímero equilibrio en que ha logrado salvaguardar su existencia se desmorona de golpe.

Las enseñanzas son múltiples. La primera de todas es que la falsedad tiene las patas cortas. El directivo mentiroso, y también el subordinado embustero, acaban por ser descubiertos. Hablando del personaje al que antes me refería, en su entorno le conocían como ‘el inventor de internet’, porque así lo proclamaba a todo el que quiere oírle. Era tan burda su capacidad fullera que producía hilaridad. Pero hay otros más inteligentes, capaces de enturbiar el ambiente para que se tarde más en conocer la falta de contenido de su existencia.
Quien se embarca en un mundo de mentiras ha de ser inteligente, y a la vez vanidoso, pues piensa que los demás son patanes que no descubrirán el mundo de fantasía que ellos han creado. Emilio lo dice con claridad en forma de cuento a su vástago: un hombre vivía en una burbuja, y sabía que si se rompía se ahogaría, y los demás se pondrían tristes.
El mendaz va perdiendo posibilidades de escape en la medida en que se multiplican los embustes. Así, Emilio va asumiendo las afirmaciones de los demás para mantener el dificilísimo equilibrio en una estructura montada sobre patrañas.
Toda su vida -y sigo pensando no sólo en el protagonista, sino en un directivo de carne y hueso- es una enorme trampa, tanto en lo profesional como en lo vital. En cuanto alguien se lance a verificar alguno de los datos propuestos por quien ha fundamentado su vida en la villanía de desprecio de la realidad, queda el farsante como el emperador de la fábula: con sus vergüenzas expuestas en plaza pública.
La mentira compulsiva acaba por afectar a todos los ambitos de la vida. No es demasiado importante que en alguna ocasión la vanidad motive a una exageración, o intentar escapar de un enredo con una restricción mental o con una falsedad. Lo relevante es fundamental la propia existencia en un juego permanente de engaños.
La mentira, por lo demás, en una sociedad como la nuestra, en la que los medios de comunicación cumplen cada vez con más acabamiento su función de rastrear la verdad (a veces, son mucho peores que la inquisición), todo lo que hacemos y decimos puede acabar en la primera página de un periódico al día siguiente. Pensar que no se descubrirán las farsas manifiesta simplicidad pueril.

La frontera de la quimera no está delimitada, porque cada nueva invención acaba por reclamar otra nueva. Si, y vuelvo al doble protagonista de nuestra historia de hoy, cuando hasta hace no mucho suplicaba como favor trabajar en cualquier cosa, luego rehace su historia asegurando que desde que realizó sus estudios se le han ido sorteando de empresa en empresa. Descubierto lo falso de lo dicho, reelaboran la historia a velocidad de vértigo. Así, Emilio en su intento desesperado de mantener las dos camas, va realizando afirmaciones y promesas cada vez más insostenibles.
La verdad es límpida, cristalina, no reclama disimulo. No quiere esto decir que haya que hacer partícipes a todos de los propios intereses o necesidades o pensamientos o proyectos. Eso sería absurdo  en mundo competitivo como el que nos movemos. Pero entre la simplonería, la verdad y el fulero hay distancias. Cada uno ha de aprender a situarse en el lugar correcto.
Al final, las existencias de estos personajes siniestros acaban mal. En el caso de Emilio, antes de reconocer que no puede devolver el dinero negro con el que ha vivido a lo largo de los años (captado de personas que en el pusieron la confianza), acaba por poner fin a todo de la manera más radical. En otros casos, la jubilación -¡ojalá que anticipada!- pone fin al sufrimiento de los colaboradores, pero la familia tendrá que seguir aguantando los delirios fantasiosos del farsante.
Los grandes clásicos medievales predicaban que la búsqueda de Verdad, Bien y Belleza es lo que más engrandece la vida de los humanos. La conveniencia de esa pesquisa sigue siendo actual.



lunes, 11 de mayo de 2015

ÁBRETE SÉSAMO


Narra el popular cuento infantil que una banda de ladrones ocultaba los caudales robados en una cueva a la que se accedía tras pronunciar el consabido ¡Ábrete Sésamo!

Con ayuda de su esposa, un pariente de Alí Babalogra introducirse en la gruta. Frente a lo que había hecho su concuñado y protagonista –llevarse lo preciso para vivir una temporada razonable-, el avaricioso Khazim optó por tratar de arramblar con todo lo posible. En su codiciosa obsesión, el malhadado perdió definitivamente el norte. No recordó, al cabo, ni siquiera lo esencial para poder salir de aquel antro.
            -¡Ábrete calabaza!, proclamó.
Ante la pasividad de la piedra que servía de puerta, rectificó:
            -¡Ábrete zanahoria!
La quietud siguió a su incorrecto grito.

Tratando de dar el golpe de su vida, en realidad la perdió, pues al llegar de nuevo los malandrines, con su perversa magia lo convirtieron en estatua…

¡Cuántas veces la desmesurada ambición provoca la pérdida de la cordura!

La causa de la insania no es sólo ni necesariamente el dinero. En ocasiones, es el supuesto prestigio profesional. En otras, el intento de impresionar a subordinados con capacidades superiores a las reales. No falta tampoco el prurito orgulloso de aspirar a situarse sobre los demás, como si él (o ella) se encontrase por encima de sus conmilitones, y todos debiesen rendir pleitesía a la reina de Saba que algunas y algunos piensa ser.

La gestión de la cordura no es sencilla. Hace no mucho, una dependiente de una gran superficie me manifestó su agrado al ser saludada con un:
            -Buenas tardes, ¿Qué tal van las cosas?
Me aclaró el motivo de su sonrisa:
            -Menos mal que algunas personas se dan cuenta de que nosotras también lo somos, y no meras prolongaciones de la caja registradora.

Gente hay que queda enzarzada en complejidades interiores –paranoias, esquizofrenias, depresiones, dobles personalidades…- de las que no saben escapar, porque han perdido la capacidad de contemplar con normalidad a su alrededor. Olvidan que debemos aprender de quienes nos rodean, que los demás también agradecen ser tratados con cordialidad, independientemente del puesto que cada uno ocupe en la escala social.

Jorge Cafrune afirmaba en sus Coplas del Payador Perseguido (en las que interpreta una de las grandes obras del maestro Atahualpa) que la vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta, pero algunos hay que en vez de procurar controlarla con el azadón –proseguía el cantautor- la cultivan en su puerta.

No pocos de los males que afligen a las organizaciones, tanto públicas como privadas, proceden de patéticos personajes que, al igual que iluminados, creen encontrarse en posesión de la verdad. En su abismal ignorancia, actúan con jeribeques y pamplinas ampulosas empeñados en hacer creer a otros en proyectos que no son sino fanfarrias desentonadas.

La vida económica, la empresarial, la política o la organizativa, al igual que la de cada persona es más sencilla de lo que algunos pretenden. Con gran frecuencia, la complejidad procede de la incapacidad de algunos y algunas por salir de la maraña de obsesiones compulsivas. ¡Cuántas veces basta charlar con una persona sin malear, mejor si ha pasado ya de las seis décadas de vida (al menos cinco), para redescubrir el placer de caminar por este mundo disfrutando y haciendo disfrutar!


Existen dos tipos de personas: quienes te facilitan la vida y quienes te la complican. Los segundos serán incapaces de pronunciar ese ¡Ábrete Sésamo! que facilita respirar aire puro, agua clara, sin quedar encerrado en esas organizaciones o planteamientos endogámicos que tanto agradan a quienes pretenden dominar a los otros por el sencillo sendero de impedirles pensar.

lunes, 4 de mayo de 2015

EUGENIA GRANDET

BALZAC, Honoré (1799-1850): Eugenia Grandet


Félix Grandetes un avaro patológico que ha prosperado gracias a su olfato por los negocios y aprovechándose de la incertidumbre del momento. Además ha recibido varias herencias en pocos meses.A pesar de su riqueza, vive junto con su hija en una residencia cochambrosa cuya reforma no procura; únicamente tiene como objetivo acrecentar sus caudales.

Diversos varones, que intuyen la fortuna del señor Grandet, ven en su hija un excepcional partido. Dos de ellos aspiran a emparentar con la familia por medio de la muchacha: uno, Des Grassins; el otro, Cruchot. La familia del banquero y la del abogado visitan con asiduidad a los Grandet, y Félix las enfrenta para sacar provecho. Eugénie permanece ajena a todos estos tejemanejes.



La reflexión de Balzac aquí sólo esbozada plantea la relevancia de la avaricia como limitación vital. Quien vive obsesionado por acumular, más que vivir se limita a durar.