domingo, 9 de agosto de 2015

EL RIESGO DE SER PROPAGANDISTA




En la actualidad los califican deexpertosen autoayuda. En el pasado se utilizó con frecuencia el término propagandista. Soslayando otras acepciones, propagandista es quien se centra en la divulgación de ideas sin necesariamenteentenderlas, sin preocuparse por los fundamentos (o por la ausencia de los mismos), sin atender al bien o al mal que provocan.

Para muchos -desafortunadamente, porque lo acaban pagando duramente- valen las soluciones epidérmicas. Frente a éstos, las personas más avezadas aspiran a asentar su existencia en principios sólidos;cimientos consistentes que, cono sucedió con la casa de ladrillo construida por el mayor de los cerditos en el popular cuento,no corran el riesgo de quebrarse ante la llegada de la siguiente oleada de superficialidades que sólo resuelven cuestiones formales, porque ignoran las de fondo.

Cuando falta capacidad de reflexión,se habita cerca del fanatismo. Personas de pocas ideas caen fácilmente en él al ser seducidas por presuntas argumentaciones ayunas de consistencia intelectual.

Propagandistas ha habido muchos. Uno destacado fue Hitler, bien asesorado por Goebbels. Hans Schemm, nombrado por el cabo austriaco ministro de educación en 1933, resumía de manera contundente la tesis nodal de los nazis, que es común a la de cualquier grupo de extremistas:  “a partir de ahora no les debe importar averiguar si esto o aquello es verdad, sino sólo si está de acuerdo con el sentido de la revolución nacionalsocialista”. Ese último término podría ser sustituido por el de director general, maestre, führer, prelado, presidente, secretario general o cualquier otro término que las organizaciones emplean para designar a su máximo responsable.

El mundialmente conocido filósofo Heidegger, en su época de rector de la Universidad de Friburgo-Brisgovia, lo exponía así: “ni los postulados ni las ideas son las reglas de vuestro ser. Sólo la persona del Führer es la realidad alemana presente y futura y también su ley”. Y puede sustituirse el término Führer por cualquiera de los empleados anteriormente y realidad alemana por el nombre de la organización que corresponda.

El fanatismo propio del propagandista, carente de autocrítica y de capacidad de conceptualización, bloquea en todo o en parte el raciocinio. Incluso quienes en determinado ámbito de conocimiento pueden ser brillantes, en otros en los que han sido encandilados se manifiestan como plenamente incompetentes. Un ejemplo más de la Alemania nazi: el historiador de Gotinga, UlrichKahrstedt, con motivo del aniversario del Reich (1934) sentenciaba: “rechazamos la ciencia internacional, rechazamos la república internacional de sabios, rechazamos la investigación por la investigación”.

La verdad no importa para el propagandista, independientemente de la ideología, tendencia o fe que esgrima. Lo único relevante es lo que en un momento determinado pueda interesar en función de sus objetivos puntuales. Por esto, no es andadero esgrimir la lógica ante el fanático. Para él, es prescindible. Hasta comportamientos como la mentira, el robo o la estafa adquieren carta de ciudadanía en quienes han situado espurios fines grupales por encima de la sensatez. Al final –el fanático lo descubre sólo tardíamente-,esos objetivos del conjunto no eran sino el escudo para el enriquecimiento del máximo directivo y de sus conmilitones.


La historia se repite una y otra vez en las organizaciones, pero innumerables personas tropiezan en las redes de los señuelos organizativos. Pensar por libre no es fácil, ni resulta asequible para todos. 

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