lunes, 14 de septiembre de 2015

EL AMARGATOR: DIAGNÓSTICO Y TERAPIAS




  
Adoptar una posición negativa ante lo que sucede es sumamente fácil. Destruir se encuentra al alcance de cualquier patán. Construir reclama esfuerzo.

En todas las organizaciones existen personas que, quizá incapaces de llevarse bien consigo mismas,tratan de trasladar su desazón al entorno. Sucede en el ámbito público, en el privado, en la política, en instituciones religiosas, en las ONG’s… A ese tipo de personajes los denomino amargators.

Un amargator sólo ve problemas y obstáculos. Es inhábil para aportar soluciones. No genera propuestas, sino que descalifica las que otros forjan. Es un Pepito Grillo con astigmatismo: es conveniente contar con profesionales que tengan sensibilidad ante las áreas de mejora, pero resulta altamente desaconsejable albergar a quienes su única alternativa es: “sugiere algo que me opongo”.

El amargator es causa y consecuencia de un razonamiento estéril que sólo contribuye con rutinas paralizantes. ¡Cuántos se han visto en los Medios de comunicación en estos años!Tertulianos y reporteros indocumentados que manejando estadísticas sesgadas han ganado buen dinero profetizando  desastres. Cuando éstos no han llegado, se han escabullido sin devolver las prebendas pérfidamente obtenidas.

El amargator hoza en la negatividad y pone medios para salpicar con el barro del desánimo a quienes se esfuerzan por encontrar caminos nuevos e ilusionantes. Es más, se enfada cuando otros, prescindiendo de lamentos, ponen medios para seguir avanzando.

Ante el amargator caben diversas opciones. La primera es considerar si quien padece esa patología es o no recuperable. Si no es posible que el implicado supere su lamentable situación habrá que plantearse la oportunidad de alejarse de quien se encuentra psicológicamente enfermo. Si eso no es posible, habrá que aplicar el principio de ‘navegar con bandera de tonto’. Fundamentalmente si el amargator, como a veces sucede, ocupa posiciones de preeminencia.

La mayor pena con respecto al amargator no es la bilis que reparte alrededor, sino que él sufre interiormente por su insatisfacción, por su ineptitud para mirar con ilusión -¡con objetividad!- el futuro. Por eso, a pesar de la negatividad que distribuye, el amargator provoca enorme pena en quienes se ven condenados a convivir con él.

Para no caer cada uno de nosotros en ese pozo, deberíamos asumir algunas costumbres. Entre otras:
1.- Sustituir en nuestras conversaciones ‘pero’ por ‘además’;
2.- No centrarnos en cómo contradecir a nuestro interlocutor, sino qué vamos a aprender de él (estemos o no de acuerdo con lo que afirma);
3.- Considerar que aquellos con quienes interrelacionamos –en una inmensa mayoría- son buena gente y no aspiran a dañarnos: permanecer atentos a lo que pueden enseñarnos;
4.- Empatizar (es decir, ponerse en el lugar del otro), para percibir el mundo como él lo hace en función de su formación, experiencias, etc.
5.- Huir de la actitud propia de los sectarios, que consideran que sus soluciones son las únicas;
6.- Alejarse de quienes tienen solución para todo, y sacan del bolsillo recetas prefabricadas.
7.- Construirse un santuario interior en el que reine la paz y resulte inmune a esos ladrones de sensatez y tranquilidad que merodean por las organizaciones.


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