lunes, 23 de noviembre de 2015

EL CID

Título: El Cid

Director: Anthony Mann

Intérpretes: Charlton Heston, Sofía Loren, Ralf Vallone, Genevieve Page, Herbert Lom.
Año: 1961
Temas: Ética. Dirección por Amenazas. Liderazgo. Pensamiento grupal. Refugio Afectivo. Sentido de la vida.

Todas las organizaciones, especialmente aquellas que se alejan más del sentido de la realidad y del mercado, van fomentando lo que puede denominarse un pensamiento grupal. Una de las peculiaridades de ese modo de razonar (más bien podría decirse de no hacerlo) es que a quien no ve las cosas como las ve el grupito en cuestión es inmediatamente descalificado.

Los tics organizativos que cuajan en el ambiente malsano de una endogamia enfermiza acaban dañando a los valiosos. En la Edad Media española, al igual que hoy en día en no pocas instituciones, acaban saltando por los aires quienes más talento tienen y los menos válidos. Los últimos, porque nadie los quiere y además no aguantan el ritmo. Los primeros, porque las burocracias formadas por mediocres sienten alergia de aquellos que se niegan a aceptar una rancia rutina como la única alternativa posible.

Así, uno de los primeros encontronzazos del Cid con el poder constituido es su defensa de unos moros que iban a ser injustamente ejecutados. Eso, que para cualquier mirada objetiva sería digno de alabanza, para los observadores directos -¡y triviales!- se vuelve un agravio al rey. Todo, porque muchos optan por pervertir sus juicios con tal de agradar a la autoridad. El temor y los deseos de adular es un combinado explosivo que coadyuva a transformar gente aparentemente normal en personajes dispuestos a renegar de personas a quienes previamente apreciaron.

Frente a esos mediocres, doña Jimena no duda un momento del comportamiento correcto de su marido:

-¡Eres inocente!, le repite ante las dudas que podrían surgir.

Y es que el cariño no necesita avales posteriores.

Los hábitos positivos suelen apoyarse unos a otros. Así, el mismo que es capaz de hacer jurar a un rey para verificar su no implicación en el asesinato de su hermano, es luego quien se acerca a dar de beber a un leproso. Bien se ha dicho que quien se autogobierna estará en mejores condiciones de gobernar a otros. No es condición suficiente, pero sí necesaria.

El Cid, al igual que cualquier directivo, tiene diversas necesidades: de logro, de reconocimiento, de poder... Sin embargo, la más relevante es siempre la de afecto. La compañía de su esposa, le lleva a clamar:

-Si los hombres conociesen un destierro como éste, todo el mundo se desterraría.

A el Cid no cabe duda que le arrebataron la potestas, con todos los aspectos complementarios de la misma, incluidos los beneficios sociales y –en este peculiar caso- también el patrimonio. Sin embargo, nadie puede robar la auctoritas. Así, cuando él aclara:

-¡No soy más que un desterrado!

La respuesta es estupenda:

-Nosotros vamos contigo.

Se produce así el curioso fenómeno, más frecuente de lo que cabría pensar, de un rey (un directivo de alta dirección) con mucha potestas y nula auctoritas; y alguien con toda la auctoritas aunque sin potestas. Casi siempre se teme a los valiosos. 

Quien cuenta con auctoritas, aunque lo tenga difícil acaba por salir adelante. El Cid es capaz de diseñar Alianzas Estratégicas donde otros sólo veían dificultades radicalmente insuperables. Su alianza con los moros le facilita seguir adelante en circunstancias nada sencillas.

La auctoritas, con todo, no es algo que se logre y no pueda perderse. El Cid es consciente de que el líder tiene que mantener permanentemente el esfuerzo. En los momentos más difíciles no se retrae, sino que clama:

-¡Cabalgaré con vosotros!

Bien sabe que la gente necesita héroes, líderes, a quienes seguir. Podía haber alegado que estaba herido, o cansado, o muy ocupado. No se comporta así, sale a dar la cara. El seguimiento es un estallido de alegría y de pasión. Ganará, como es bien sabido, su última batalla una vez muerto.

El paso siguiente del liderazgo es –una vez desaparecido el personaje- la entrada en la mitología. Cuando alguien ha fallecido, este proceso tiene menor importancia, pero cuando todavía subsiste aquel a quien se desea mitificar, los riesgos de que el mitificado quede atontado de vanidad son notables.

Como buen líder, el Cid no dejó de desarrollar la innovación. En los momentos difíciles, en los que cualquier otro quedaría paralizado por el miedo, El Cid se crece y en vez de disparar piedras, lanza panes. Con esa acción sorpresa desconcertará al enemigo. ¡Viva la creatividad!



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