lunes, 21 de marzo de 2016

Recursos Humanos de Cine: LEONES POR CORDEROS



Título: Leones por corderos

Director: Robert Redfrod
Año: 2007
Temas: Autocrítica. Branding. Caos organizativo. Comunicación interna y externa. Esquizofrenias organizativas. Ética y política. Feelings Management. Inmolaciones organizativas. Mediocridad. Profesores y Maestros.

Tres historias interconectadas se desarrollan en paralelo a través del largometraje: Tom Cruise da vida a un congresista norteamericano interesado en promover aceptación hacia su nuevo plan para Irak y Afganistán por parte de una periodista (Meryl Streep), que tiempo atrás consideró que las aportaciones del político eran acertadas. Paralela en el tiempo, pero lejos de allí, se desarrolla una charla entre un profesor idealista (Robert Redford), que aspira a ser más un Maestro que un repetidor de libros de texto, y un estudiante aventajado, pero desmotivado.

En la tercera historia, dos soldados americanos destinados en Afganistán, antiguos alumnos de Redford, son heridos en territorio enemigo, y se ven desbordados por tropas que pretenden darles caza.

Entre las múltiples críticas que han aparecido la más relevante –aunque demasiado parcial- me ha parecido la de Ray Bennett en The Hollywood Reporter cuando la describe como "un honesto -pero algo árido- intento de discutir sobre los méritos de las estrategias actuales del ejército americano. (...). Una película bien hecha que no ofrece respuestas pero que sugiere muchas e importantes preguntas."

Al salir de la sala, escuché a un grupo de adolescentes:

            -Pues valiente película de guerra donde hablan mucho y no se entiende nada...

Dentro de sus limitaciones, el largometraje presenta –en mi opinión- una válida autocrítica de la situación norteamericana en diversos campos. No se trata sólo de una visión cruda de su escenario militar, sino sobre todo de un análisis de sus coordenadas intelectuales. Seguro que a David McClelland, autor del inolvidable libro La sociedad ambiciosa (primera gran denuncia con fundamento de la crisis de los Estados Unidos de Norteamérica), le hubiera parecido lúcida.

El director de la película ha confesado que se encuentra turbado por la carencia de ideales valiosos en USA. La culpa de esa situación, según él, es la ausencia de personas que se atrevan a soñar en mundos mejores y también por la falta de esfuerzo de parte de la generación contemporánea. La última causa del desastre es –en su descripción cinematográfica- la nula capacidad de los Medios de comunicación por ayudar a salir de esa triste encrucijada.


Robert Redford lanza preguntas que son más bien puñetazos, particularmente por el cinismo que transpira el bisoño senador republicano interpretado con acierto por Tom Cruise. Pero el largometraje no se limita a denostar al gobierno, los Medios de Comunicación se llevan una buena ración, porque la periodista –y su director- acaban haciendo lo que el cínico político deseaba. La autocrítica es el tercer puntal, pues en cierta medida la carencia de ideales procede de la ausencia de la generación anterior por transmitirlos....

El problema es que tras las grandes preguntas planteadas no se adivinan respuestas. La cuestión debería ser: y ahora, ¿qué? Pero en ese punto Robert Reford no ofrece senderos. Si bien es cierto que una película no tiene por qué ponernos delante todas las soluciones, también lo es que tras las cargas de profundidad lanzadas, debería haber realizado alguna aportación más sólida en cuanto a propuestas. Según reza el adagio, los tontos constatan, sólo los inteligentes pre-ven. Denunciar la triste situación de la cultura norteamericana es algo, pero no resulta suficiente.

Limitarse a decir que seguimos igual que antes, y que no hay nada que hacer, porque los militares mueren (eso sí, con dignidad) y la prensa se comporta deshonestamente no es añadir mucho. La única luz de esperanza parece provenir de la reflexión del muchacho con el que Redford ha hablado durante un tercio de la película. Un amigo suyo, sorprendido porque se haya levantado tan pronto, y al ofrecerle un porro, recibe una respuesta positiva por parte de su interlocutor: debe pensar sobre qué hacer en el futuro. Lo grisáceo, lo mediocre no parece ser el sendero que más le atraiga tras las reflexiones de su educador.

El consejo del profesor de que no queme su juventud parece que ha hecho mella. Mientras tanto, los soldados norteamericanos –los dos inmigrantes y no por casualidad- se niegan a morir de rodillas y se levantan no sin esfuerzo para dar la cara ante una muerte segura.

Esos dos destellos de optimismo compensan el tono pesimista del resto del metraje.

Quizá merecería la pena reflexionar un poco más sobre si el sistema educativo europeo ofrece algo mejor que el norteamericano. La falta de ideales de muchas personas son quizá fruto del descrédito de un sistema universitario en el que se respira endogamia y falta de competitividad intelectual. ¿Qué puede esperarse de una institución de formación superior –y son ejemplos reales- que aloja entre su claustro un personaje que afirma que ha descubierto Internet o que nombra como director de una Escuelas de negocios a un narcisista? Cuando los alumnos contemplan esto es lógico que se desanimen, porque no resulta modelos atractivos.

La renovación de las generaciones no empieza en ellas, sino en las clases educativas, que deberían recordar que un profesor no puede ser un transmisor de conceptos obsoletos, sino un maestro, promotor de entusiasmos por lograr mundos mejores. 






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