miércoles, 11 de enero de 2017

¡CAMARADAS! DE LENIN A HOY





Inspirándose en textos de Marx y Engels, numerosos activistas políticos y sociales han tratado de promover en la práctica una sociedad comunista. Lenin fue el primero, pero tras él muchos lo han intentado: Stalin, Trostky, Mao, Allende, el Che, Castro, Carrillo, la Pasionaria, etc.

En ¡Camaradas! De Lenin a hoy (LID, 2017), coincidiendo con el centenario de la revolución bolchevique, analizo de forma detallada los frutos de esos intentos desde 1917: cómo han gobernado, seleccionado o eliminado a sus colaboradores, respetado o conculcado las promesas realizadas a sus seguidores, cómo se han enriquecido los promotores, y muchas otras cuestiones que con frecuencia son desconocidas para muchas personas. También para quienes se confiesan seguidores de esa ideología. Por ejemplo, Lenin ordenó más asesinatos en 6 meses que los zares en 80 años. 

En los albores del comunismo, incluso antes de que Marx capitalizase mucha doctrina precedente, puede intuirse buena intención en el deseo de transformar en realidad una utopía. Desafortunadamente, en implementación, el comunismo ha sido siempre un desastre. Los rendimientos del comunismo no han sido, hasta el momento, buenos en ningún lugar. Pueden haber servido para remover concienciasy para servir de contrapeso en determinados momentos a los excesos del capitalismo. No pocos rusos comentan: “Gracias a que nosotros conocimos el rostro inhumano del comunismo, vosotros habéis conocido el rostro humano del capitalismo”. En su aplicación el comunismo ha conducido a la muerte o al desastre a aquellas poblaciones en que se ha impuesto.

Kerénski lo anticipaba con cruda franqueza en los albores de la revolución: “Nos aconsejáis imitar a la Revolución francesa de 1792. Queréis arrastrarnos a una desorganización completa del país. Cuando, con el apoyo de la reacción, hayáis conseguido destruirnos, ¡habréis preparado el espacio para un dictador!”.

Tristemente se cumpliría la premonición de que las revoluciones siempre arrancan como conmociones anarquistas dirigidas contra una estructura burocrática del Estado que ineluctablemente desmantelan. Luego la reemplazan por otra organización burocrática, por regla general más rígida que cancela la libertad de las masas que  prometían libertar.

Como casi todos los profetas de utopías, Marx y sus aplicadores prácticos abandonaron pronto al ser humano en beneficio de una entidad abstracta que acaba transfigurándose en el enriquecimiento de ellos mismos como nueva clase dirigente o nomenklatura. Lenin y sus secuaces llegarían prometiendo paz, pan y tierra, pero entregarían como herencia sufrimiento, discordia, hambre y pobreza.

Lenin y Stalin no se proponían a exterminar a los Romanov, sino a todos los partidos que habían luchado con o en contra de Nicolás II. Es más, aniquilar al zarismo no les resultaría tan anhelado como acabar con cualquier disidente.

Pocos distinguieron con claridad lo que estaba por venir. Entre ellos, destaca Churchill, que en la Cámara de los Comunes clamó, con cierto tono racista: “Tiemblo por Europa cuando pienso en lo que sería de nuestro viejo y superpoblado continente si se permitiera la irrupción de la ideología asiática, cuyos fines son la destrucción y el aniquilamiento de todos los valores humanos, para acabar con el triunfo de la revolución bolchevique. Hechos satánicos ocurren hoy en Rusia. Cientos de miles de seres son torturados hasta la muerte. Los hombres son martirizados y asesinados violentamente, y, sin embargo, algunas esferas de nuestro país, así como muchos gobiernos, tienden las manos para enriquecerse con los bienes adquiridos a costa de la más horrible crueldad”.

El experimento social inspirado por Marx y luego políticamente implantado por Lenin culminaría en millones de muertos a quienes se había prometido mejor vida. Un sueño idealista se transformaría en la peor de las pesadillas que ha sufrido la humanidad, superando en mucho la crueldad de los zares: de 1825 a 1917 el número total de personas condenadas a muerte en Rusia por sus opciones políticas fueron 6.360. De ellas, 3.923 fueron ejecutadas. En marzo de 1918 –¡menos de seis meses!- los bolcheviques habían superado con creces ambas cifras.

En ¡Camaradas! De Lenin a hoyanalizo un experimento sociológico que empleó a humanos en vez de ratas u hormigas. Y lo hago desde un ángulo bien preciso: el del estilo de gobierno que fue empleado.

Muchas veces se ha argumentado que la idea era buena, pero que la implantación fue mala. Por eso, debería intentarse de otra forma. ¿Habría que proponer entonces lo mismo del nazismo o de la inquisición?

Cabría, en fin, preguntarse por qué si el comunismo crea paraísos, por qué han de establecerse por la fuerza e impedir que la gente huya de allí.

Sobre todas estas cuestiones y otras muchas puede el lector encontrar información en el libro recién publicado.