domingo, 26 de marzo de 2017

LA OLA



En 1967, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto (California) llamado Ron Jones no supo que responder a uno de los estudiantes que le interrogó sobre la siguiente cuestión:
-¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia sobre la masacre del pueblo judío?

El audaz docente emprendió un experimento con su clase: estableció un régimen de rígida disciplina, restringiendo libertades y convenciéndoles de que formaban una unidad que debía ser indisoluble. Dio el nombre de  The Third Wave a ese grupúsculo. El entusiasmo de los discípulos fue tal que comenzaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no deseaban incorporarse a ese grupo. En menos de una semana, Ron Jones tuvo que concluir la experiencia...

Con esos mimbres, el director alemán Dennis Gansel (conocido por su película Napola, que ya he comentado en otro ocasión) ha trasladado esta experiencia a la actualidad  y a su país. Introduce otros cambios. En esta ocasión es el profesor (llamado ahora Rainer Wegner) quien formula una pregunta a sus alumnos:
-¿Consideráis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?
Una hermandad de ese tipo –que es modelo de muchas otras que han existido y existirán- tiene algunas claves que de forma algo confusa van apareciendo en el largometraje. Entre otras, las siguientes:
1.- el público que es captado cuenta con poca formación;
2.- falta profundidad en los juicios, a la vez que los partícipes van buscando algo que proporcione sentido a sus vacías existencias;
3.- uno de los mayores peligros de la sociedad contemporánea es el ruido. Quien no sabe encontrarse a solas consigo mismo acaba por asimilarse a un grupo que le hará comportarse del modo en que el grupo lo desee;
4.- la ausencia de valores sólidos a los que agarrarse es otra coordenada común a los implicados. El pensamiento se torna grupal, sencillamente porque parece que nadie tuviera ideas  valiosas que justificasen su comportamiento individual;
5.- un líder carismático parece que tiene todas las respuestas a cualquiera de las cuestiones. Eso lleva a que se traslade a sus decisiones la responsabilidad que cada uno debería asumir. Interesante consideración también en tiempos de crisis cuando, en demasiadas ocasiones, quienes parecieron asegurar su ayuda en todo momento dejan abandonados a otros con tal de salvar su cómoda existencia;
6.- el mayor enemigo de una organización con una cultura cuasi-sectaria es quien conociendo el interior decide escapar del tinglado (en este caso es un muchacho llamado Marco). Con maestría, es mostrada esa situación cerca de la conclusión de la película. La seguridad grupal lleva al casi linchamiento del alumno que manifiesta su disconformidad con aquella panda que se ha convertido en la práctica en una piara conducible a cualquier objetivo.

Algunos pensarán que todo esto es fruto de la mente calenturienta de un director de cine, y sin embargo, tal como he señalado al comienzo de estas líneas, la película está basada en hechos reales. Es más, aún hoy, en determinados colectivos se experimentan situaciones semejantes. Incluso cuando la bandera son objetivos humanistas que supuestamente se plantean para ayudar a muchas personas. Al final, acaban convirtiéndose en comunidades en las que quienes ocupan los puestos de dirección se deshumanizan, olvidando sus promesas precedentes.

Entre los más manipulables se encuentran aquellos que cuentan con menor respaldo familiar y afectivo. Un ejemplo: uno de los alumnos se ofrece como guardaespaldas al docente. Al preguntar el profesor el porqué de aquello, la respuesta es que por fin al ocuparse de aquello ha encontrado una respuesta a su existencia, hasta ese momento completamente vacía.

Todo el mundo necesita algo en que creer. Cuando la decisión no es personal, reflexiva, asumida..., acaban apareciendo pseudo profetas que arrastran a los demás. En no pocas ocasiones, las promesas serán altamente altruistas, pero acaban convirtiéndose en patentes mentiras con el paso del tiempo. Para mantener la cohesión del grupo será preciso crear logos propios –en este caso la camisa-, terminologías sectarias, saludos conocidos sólo por los pertenecientes al grupúsculo, desmedido orgullo de pertenencia... En el fondo, todo lo que responda a la necesidad del ser humano de sentirse parte de algo.

Cuando el montaje es desarmado, algunos se echan a llorar. ‘La ola es mi vida’ clama uno. Y así sucede siempre que alguien deposita excesiva confianza en grupos con culturas más o menos fuertes.

La crítica al sectarismo está bien planteada. Se echa en falta quizá una propuesta más creativa sobre qué debe hacerse para evitar que situaciones como el fascismo, el nazismo o el comunismo vuelvan a producirse a nivel global. Y también cómo evitar que instituciones más o menos estructuradas acaben haciendo perder la juventud a un buen número de personas también hoy en día.

La ola tiene mucho en común con El Club de los poetas muertos. Aunque en aquella se ofrecía una vía de salida: la necesidad del ser humano de llevarse bien consigo mismo, de aprender a abstraer y de no quedarse pegado a los sentidos. Quien piensa correrá muchos menos riesgos de quedar entrampado en situaciones tan patéticas como las narradas por Dennis Gansel.



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