lunes, 23 de octubre de 2017

El desafío. Frost contra Nixon

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"El desafío: Frost contra Nixon" muestra de forma atractiva uno de los hitos de la política americana reciente. La historia es tan real como sencilla: el periodista inglés David Frost entrevistó en profundidad al ex presidente Richard Nixon. Éste, como es bien sabido, se había visto obligado a abandonar el cargo tras el escándalo del Watergate.

El director del largometraje, Ron Howard, ha dado en la clave de los ritmos.  Frank Langella (Richard Nixon) y Michael Sheen (David Frost) trabajan de forma sublime. Nixon aparece como un personaje egoísta, avaricioso, siniestro en ocasiones, y sobre todo avaricioso. Parecería que su principal preocupación es cómo sacar dinero en cada ocasión. Pero no es ése su peor defecto. La hibris está presente en cada una de sus actuaciones. Esa soberbia que atonta e impide contemplar la realidad con claridad parece que se ha apoderado del ex presidente. Él lo sabe todo, lo juzga todo… y los demás cuando le conceptúan negativamente es porque no entienden todo lo que él aporta.

Una velada, exaltado por unas copas de más, Nixon reta telefónicamente al reportero para que sea más incisivo. Durante los tres primeros asaltos, es decir, durante los primeros programas grabados le ha dejado hundido con palabrería.

Nixon refleja bien ese tipo de personajes que han llegado a la dirección –particularmente a la Alta Dirección- y sólo hablan y hablan, sin percepción de que ellos también deberían escuchar, siquiera de vez en cuando… ¡Cuántos de estos personajes he encontrado, particularmente en la universidad! Gente que, quizá porque tuvieron éxito en alguna ocasión, consideran que su palabra es la ley, como en el mariachi, y parlotean sin mesura. Los sufridos subordinados no tienen más remedio que aguantar pacientemente generalidades y vacuidades, que vedan el silencio, pero no aportan ideas.

El ex presidente norteamericano –si aceptamos lo propuesto en la película- ha parcializado su mirada sobre la realidad y sólo contempla lo que a él le interesa. El resto no existe o al menos no merece la pena prestarle atención.

En un momento destacado, casi al final del largometraje, Nixon afirma que es el presidente –más en concreto: él mismo en cuanto presidente- quien está en condiciones de crear la ley. La legalidad sería tal sencillamente porque la decisión tomada surgió de su voluntad…

Se ha señalado con acierto que –es un caso extremo- muchos movimientos terroristas han germinado en gente inicialmente religiosa. Efectivamente, quien fue intermediario entre Dios y los hombres, al perder la referencia al Ser Supremo, se convierten ellos en el pseudo-todopoderoso que puede decidir con total impunidad quién vive y quién muere, y de qué modo ha de ser organizada la realidad. Algo así es lo que sucede a Nixon en esta película, y lo que les acaece a bastantes dirigentes políticos que pecan de visionarios tras haber perdido el sentido común. Ejemplos los tenemos cercanos en el espacio y el tiempo: basta leer cualquier periódico. Se convierten entonces –y es lo menos peligroso- en mentirosos compulsivos, que mucho daño provocan en su entorno.

Los actores secundarios son excepcionales: Kevin Bacon protagoniza a la persona de confianza del presidente. La postura de este segundón es diáfana: cualquier cosa que beneficie a su jefe es adecuada. Cualquier realidad que vaya en su contra ha de ser eliminada. No se cumple en este caso el adagio platónico: soy amigo de Sócrates, pero más de la verdad. Aquí sucede al revés: la verdad se pone al servicio de los intereses de quien fuera cabeza. Que sea bueno o malo, que sea verdad o mentira lo que propone, da igual. Con ese tipo de fanatismos, muchas organizaciones -buenas o malas en cuanto a sus fines- han acabado en el derrumbadero…

Tras la inopinada llamada telefónica de Nixon a Frost, éste pone medios para informarse. Hasta ese momento ha sido un improvisador, más confiado en su experiencia pasada que en el trabajo y el esfuerzo. Cuando observa que está cayendo bien bajo, porque su contrincante es de primer nivel, se pone en marcha.

¡Cuántas veces he repetido que la mayor parte de las veces los fracasos no proceden de la falta de medios, sino de la miseria de voluntades! En el momento en el que Frost se esfuerza, analiza la realidad, reúne datos… se sienta de otra manera ante Nixon. Ha recobrado la confianza gracias a una energía que hasta ese momento no había desarrollado.

La visión negativa, por ausente de ética, de la política republicana, sólo puede responder a esa mendaz y hasta el momento inédita superioridad moral de la izquierda que se ha impuesto en muchas culturas. En este sentido, la película cae en un cliché tan repetido como infundado.





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